Anhelamos conexiones reales. Las pedimos, las exigimos, las buscamos afuera… pero muchas veces olvidamos que la base de toda conexión verdadera comienza dentro de nosotros mismos. Nadie puede darnos lo que aún no hemos aprendido a habitar.
Por eso, últimamente me he dado la tarea de llenar el alma, de volver a la fuente, al origen de todo: el amor. El amor de Dios, ese que no exige, no hiere y no se va.
Nos hemos distraído tanto con el ruido del mundo, con las prisas, con lo superficial, que se nos olvidaron las conexiones reales. Se nos olvidó mirar la vida con otros ojos, con los ojos del alma.
Y entonces me pregunto: ¿qué tan valientes somos para expresar nuestra verdad interna? ¿Qué tan dispuestos estamos a convertirnos en eso mismo que esperamos que los demás sean con nosotros?
Hace un año deseaba que la vida me explicara tantas cosas… y en medio de ese anhelo llegué incluso a soñar que el amor estaba en todo: en cada persona, en cada instante, en todo lo que me rodeaba. Y comprendí algo aún más profundo: ese amor también habitaba en mí.
Las conexiones verdaderas nacen cuando alimentas el alma, cuando te llenas de tu propia verdad. No de la que te impusieron, sino de la que descubres cuando te miras con honestidad. Cuando te permites transformar lo que duele, soltar lo que pesa y crear una nueva versión de ti: la versión auténtica, la que vibra con la energía real de tu ser.
El mundo vive en guerra, incluso consigo mismo, como si algo le debiera, como si el amor fuera una deuda pendiente que debemos exigir. Pero conectar con el alma es una tarea diaria: es aprender, es ejercitarse, es amar cada segundo… incluso amar la tristeza. Porque una tristeza bien comprendida y bien cuidada puede convertirse en maestra, en fuerza, en crecimiento.
Somos energía, somos materia en constante movimiento. Todo en nosotros es transitable, mutable, transformable. Y la conexión verdadera siempre se basa en el amor: en tratar al otro como un tesoro, como ese regalo valioso que llegó a tu vida para enseñarte algo.
Son esas personas que te sacan sonrisas sin esfuerzo, que te llenan de recuerdos, que te secan las lágrimas, que te regalan un abrazo que no necesita explicación, pero que lo dice todo. Un abrazo que transmite lo que las palabras no alcanzan.
Ver y sentir el mundo con otros ojos puede sacarte del lugar donde no quieres estar. Puede devolverte a ti. Puede reconectarte con lo verdadero, con lo esencial, con eso tan profundo y tan puro que es el alma.
Porque al final, las conexiones que valen la pena no se fuerzan… se sienten.
Así como el café que tomo con paciencia, sin prisa y con delicadeza. Me permito ese tiempo porque incluso en ese instante habita el amor, porque también ahí existe la conexión más importante: la que tengo conmigo misma.
En cada sorbo hay presencia, hay calma, hay un recordatorio silencioso de que cuidarme, escucharme y habitarme es también una forma profunda de amor.
