Como todos sabemos, en la vida todo es cuestión de entrenamiento, consistencia y resultados.

Cuando llegamos al mundo —entre comillas— llegamos sin información. Todo lo que somos se va formando a partir de lo que observamos: nuestros padres, hermanos, tíos, primos y las personas que nos rodean. Hoy, además, en esta modernidad, tenemos acceso a miles de opiniones, ideas y realidades… incluso a la mía. Y no todas son sanas.

Así se van creando realidades internas que pueden ser tormentosas, llenas de conflicto y hasta de odio. Alimentamos el cerebro una y otra vez, y todo eso que entrenamos, que creemos, termina reflejándose en nuestra manera de vivir y de reaccionar.

Yo, como una humana más, con errores y aprendizajes, entré en mucho conflicto con una persona en específico. Una persona imposible de apartar.

Sí, suena muy bonito decir que “lo que no te hace bien, incluso si es tu mamá, lo apartas”. En teoría se oye claro, casi sencillo. Pero cuando lo llevamos a la realidad, es profundamente frustrante.

Y aún hoy, cuando entro en conversaciones con otras personas, me doy cuenta del veneno que muchas veces nosotros mismos decidimos cargar, y desde ahí actuamos, culpando a otros por lo que sentimos. Defendemos nuestras realidades como si fueran verdades absolutas.

 Personalmente, empecé a hacer un trato conmigo misma bajo una frase muy simple:

“Tú cambias y el mundo cambia.”

Algo muy parecido a cuando hablamos del perdón. Pienso que la vida es un arte, y que cuando la jugamos de manera consciente e inteligente, se vuelve mucho más llevadera, más tranquila.

Esa persona fue mi examen para llegar a esta conclusión. Los conflictos eran constantes, una guerra silenciosa. Y cometí un gravísimo error: compartir con otros cada situación que ocurría. Leña al fuego…..

Hasta que un día decidí cambiar. No reaccionar. No responder. Ignorar lo maluco.

Proverbios 15:1: “La respuesta suave calma el enojo.” Frase fácil y práctica.

Con el tiempo, todo cambió. Y fue beneficioso. Gestionamos lo que había que gestionar, con ayuda mutua y beneficio mutuo.

Como siempre, la vida vuelve y prueba. Entré en dos conversaciones con personas muy diferentes y esta vez hice algo distinto: me senté a escuchar.

Escuché palabras que yo misma había usado antes. Escuché realidades que también habían sido mías. Y entendí algo clave: todos creen tener la razón… desde su propia realidad.

Con una de ellas, una gran amiga, solo pude decir:

“Eres compleja, y así te quiero. Pero esta es la realidad en la que yo elijo vivir.” Es mi actuar…

Sin duda, todos tenemos el poder de cambiar aquello que no nos gusta.

Podemos cambiar el juego. Cambiar la actitud. Cambiar la forma de responder.

Y lo más importante: no lo hacemos por el beneficio del otro, lo hacemos por nuestro propio bienestar.

Hoy sentados compartiendo un café empezando año, solo sonreí con sus palabras: Paso el año y no tuvimos ninguna discusión. La tarea se hizo.